lunes, 20 de enero de 2014

EL IDIOMA DE LOS TOROS

El idioma de los toros
 Jorge Arturo Díaz Reyes

Nunca celebran corridas por el día del idioma. Pero deberían hacerlo, creo… ¡Se dan por tantos motivos baladíes!
                                                     
Deberían hacerlo, insisto, pues para bien o para mal esta tradición de andar a la brega con los toros marca como ninguna otra nuestra lengua. Palabras, giros, dichos, refranes, canciones, poesías, prosas, literatura en todas las formas han puesto al toreo en el idioma, enriqueciéndolo, ampliándolo, capacitándolo y a veces, digamos la verdad, hiriéndolo.
Y es que las corridas dan mucho de que hablar, aunque, claro, no todos, mejor dicho ninguno, de los que lo hacemos podamos estar cerca de Cossío, Hernández o Lorca.
Pues lo cierto es (confesémoslo), que… en el maravilloso y bronco mundo de los toros, regido por los hados de la tauromaquia, los chavalillos que jugándose la vida sobre la pandereta dorada del ruedo prenden rehiletes a los morrillos lustrosos de los bureles, corren menos riesgo de dar contra los pitones, que de toparse a cada vuelta con fanáticos del tópico, capaces de convertir en mantecoso y risible trabalenguas cualquiera de sus hazaña.
También los hay, claro, quienes trasladados del fútbol, e ignorando el glosario, por fuerza de necesidad se ven obligados a improvisar el propio, de resultas que por lo menos en América no es insólito escuchar piezas radiales como… el torero de uniforme azul, tira la gorrita para atrás y decidido a desempatar la corrida, avanza contra el toro cafecito con leche que lo espera en el centro de la cancha.   
Una de las gracias mayores de las corridas de toros es que... dan enormemente de qué hablar”, decía Ortega y Gasset, y para sustentarlo suponía que quitáramos al habla hispana todas las conversaciones taurinas de los últimos siglos e imagináramos el hueco enorme que abriríamos.
Está bien, así es. ¡Pero las cosas que hay que oír! Y no me refiero solamente al comentario de mi querida madre (antitaurina) cuando hace años, compungido yo y en busca de un poco de comprensión, le informé sobre la trágica muerte de “Paquirri” en Pozoblanco; levantó la cabeza del tejido, me miró espantada por sobre las gafas, y en tono de reprimenda me reclamó --¿No le digo? ¡Eso le pasa por andar molestando el pobre animalito con ese chuzo!
Bueno, pero más allá de cotidianidad, contrariedades, ignorancias y cursilerías, las corridas han dado pié también a usos muy elegantes del castellano. “Ese hombre del casino provinciano que vio a Carancha recibir un  día...” por ejemplo, de Machado, justifica toda una vida con una suerte.
Miguel Hernández la pasión: “Cómo el toro lo encuentra diminuto / todo mi corazón desmesurado...” . García Lorca “¡Oh blanco muro de España! / ¡Oh negro toro de pena!... el llanto por la sangre derramada en esa… “España del inútil coraje” que dijera Borges. Esa España creadora y sustentadora de un rito anacrónico en el cual aún, según Diego, “Sobre la arena pálida y amarga, / la vida es sombra, y el toreo sueño”.
Los toros y el toreo estuvieron en España mucho antes que el idioma Español, o Castellano (auténtica denominación de origen), el cual cuando nació debió aprender a nombrarlos, a describirlos, a cantarlos, a relatarlos. De allí en adelante, juntos acometieron aventuras, cruzaron mares, conquistaron tierras, dominaron pueblos, y aunque algunos países hispanos terminaran renegando, execrando y extinguiendo los primeros, el idioma les continúa recordando su parentesco. Por que donde se hable castellano, siempre, de una manera u otra, se hablará de toros.   
Publicado XII 2007, Revista "Faena" de Bogotá     
    


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