jueves, 10 de octubre de 2013

A 50 años de Hemingway

A 50 años de Hemingway
(Publicado por revista Astauros 2011)

 Jorge Arturo Díaz Reyes


Entre Oak y Ketchum fueron sesenta y dos años. Te bastaron y sobraron. Tanto, que tuviste que acabártelos a plomo. Por eso te recuerdan así, suicida y viejo, barbudo, bravucón, borracho y loco.

Es el cliché. Cierto, aunque injusto, porque no solo eso fuiste. Más, mucho más fuiste. Niño abismado en los inmensos lagos, pescando con tu padre, y horrorizado viéndole abrir a cuchillo el vientre a la india en aquel parto de monte. Infeliz, confinado por tu madre a vestidos de niña y clases de violonchelo mirando la ventana. Jamás lo perdonaste.

Qué ganas de volar, de saltar al vacío, de lanzarte a lo incierto; la ficción, la escritura, el combate, los toros, el amor, la aventura, el alcohol, la locura, la vida, la muerte. A todo le fuiste, libre, voluntario, arrojado, y aunque te omitieran lo hiciste. Viviste y moriste a tu aire, a tu estilo, a tu gusto. "Así es como he vivido y así  es como he de  vivir o no vivir".  Jamás te lo perdonaron. Y... !Pum! Aquel amanecer del dos de julio del sesenta y uno.

No era para menos, ya todo estaba hecho, y tú, enfermo, ido, gobernado... Hasta electrochoques te pusieron, y como si fuera poco, te espiaban, te investigaban en secreto, dizque por antipatriota. Pero los pillaste, a esos torpes del enano afeminado. "Yo he peleado por mi país en todas las guerras desde que vivo", les tiraste a la cara. Sí, a esos burócratas, a esos patrioteros, que habiendo evadido su servicio militar mientras tú te ofrecías, querían empapelarte.

Bueno, al fin y al cabo eras un respondón, y a veces con trompadas. Que lo digan si no, en el "Sloppy Joe's" de Key West, o en "El Floridita" de La Habana, o en "El Chicote" de Madrid o en cuanta cantina de buena y mala muerte pisaste, que no fueron pocas. Que lo digan, si no. 

Además, es que todo lo contaste, todo lo escribiste, todo lo desperdigaste, todo lo fanfarroneaste. Desde tu periódico de colegio, los relatos escolares, los poemas, las crónicas, esos cuentos y esas viñetas maravillosas, y esas novelas malas pero aclamadas que publicaste, alcahueteado por: Sylvia, Sherwood, Stein, Faulkner, Pound, y hasta Joyce con quien salías en Paris de tragos y camorras. !Ah! y por la prensa, y por Hollywood, y por la voraz clientela del best-seller, y los del Pulitzer y la Academia Sueca que siempre andan en la movida, y al final, por todas las academias y las librerías, y las bibliotecas, y la historia toda. ¡Idola fori!  Hubiese refunfuñado Bacon de haber estado ahí.

Pero es que si tu obra no mereció tanto, tu vida, que está en ella, sí. Lo dijo García Marques en tu tiempo. Porque, romántico anacrónico, escribías con sangre. Digo yo ¿No?

--Vete a España, a los toros, para que aprendas --te aconsejó Gertrude. Como si los barrios criminales de Kansas y la hecatombe mundial que acababas de sobrevivir con poco más de veinte años no fueran suficientes. Y le hiciste caso. Primero Madrid, la plaza del Berro. Esa iniciación, ese arrobamiento, están en tu primera crónica taurina: La Fiesta de los toros es una tragedia. Buena, buena... Y luego, Pamplona, San Fermín, los encierros, las corridas, el desafuero, la bohemia, Cayetano, Hadley, los celos, todo lo pusiste en The sun also rises. Y cuando se lo mostraste a Ford Madox Ford te pregunto burlón: "¿Qué es esto Ernest, un libro de viajes?"

Pero como siempre, terco, no te amilanaste. Y te saliste con la tuya. Ese libro rompió, se vendió como pan caliente, y de pronto la notoriedad, el dinero y la Maison (de Miró) en Cayo Hueso: "La casa, ese lugar desde el que uno se lanza a la aventura y al cual siempre acaba por volver" . Y te lanzabas de verdad, tras los grandes merlines al Gulf Stream, tras el trago prohibido a Cuba, tras las grandes bestias al África, tras las esquivas palabras al papel, y tras los toros siempre a España.
 
Adiós a las armas. ¡Uff! qué melodramita juvenil. Sí, pero como todo lo tuyo, vivido en carne propia, sentido, testimonial, confeso si se quiere. Bueno, "Ninguna historia es mala si fuere verdadera", dijo Cervantes que te gustaba tanto. Y qué éxito.

Pero mejor, mucho mejor, de aquellos años, Muerte en la tarde. Increíble que un gringo, norteño, como tú, recién llegado a los toros, los hubiese profundizado y comprendido tanto, y que además los hubiese contado y explicado así, como decías: "La obra literaria ideal es el cartel de toros porque no dice  ni más ni menos de lo que hay que decir".

Y claro, cuando estalló la guerra civil, que hiciste tuya, también. Además, es que no te perdías ninguna. Pero esta te la ganaron, y todos la perdimos. Nadie gana las guerras. Y te fuiste pa'labana y no volviste más. Porque también perdiste a España, y encima, saliste con ese mamotreto, disparatado,  sentimentaloide y cursi: Por quién doblan las campanas !Qué boom! Era la época, era el tema, era el testigo heroico, y cierto, la oportunidad ¿No? Te la echaste. Pero en medio de todo, tu estilo de vamos al grano, de las frases como directos a la mandíbula, de la cosa es así, verdadera, porque yo estuve ahí, se volvió a imponer, y comenzaron a tomarte en serio y a estudiarte, y a imitarte, y a envidiarte. Lo de siempre.

Y el pequeño Franco, que te hubiese fusilado de mil amores, necesitado de congraciarse con tu país, obvió tu pasado y te dejó regresar. Y qué te han dicho. De una, otra vez a los toros. Encontraste al hijo de Cayetano; Antonio, y le creíste más que a su padre, y lo  quisiste como si fuera tuyo, y lo escribiste, y lo describiste, y lo endiosaste hasta el colmo del desbocado Dangerous summer, que dejaste inconcluso por aquello del tiro en la boca.

“Era un viejo que pescaba solo en un bote, en la corriente del Gulf Stream y hacía ochenta y Cuatro días que no cogía un pez…”  Ese viejo eras tú ¿cierto? a la deriva en el mar de las palabras.  Escritor agotado, despojo de una vida ruda, escombro de juegos violentos, cuatro matrimonios, cinco guerras, dos revoluciones, mil y mil borracheras , riñas, accidentes, pesca y caza mayor, corridas y corridas, párrafos y párrafos, libros y libros, fama, premios, glorias, desengaños, demencia… y un disparó… ¡Púm!
 Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali X 2011

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